Es un lugar común afirmar que la experiencia de la música en vivo nunca podrá asemejarse a su audición a través de grabaciones, por mayor fidelidad que éstas ofrezcan. Si bien la afirmación puede debatirse al hablar de la música interpretada con el soporte de la electricidad, me parece es siempre válida al hablar de la música ejecutada con instrumentos “acústicos” y sin la intervención de dispositivos electrónicos: desde un recital de piano o guitarra en una acogedora estancia hasta la presentación de una orquesta sinfónica en una inmensa sala, pasando por interpretaciones en pequeños clubes de jazz o conciertos de agrupaciones de cámara en auditorios de diversas dimensiones. En estos casos, al menos desde mi perspectiva, la música en vivo nunca igualará siquiera a una grabación.

Si  esto es cierto en general para los casos que refiero, hay ocasiones en que incluso la posibilidad de comparar con una grabación resulta casi impensable. En mi perspectiva, es el caso de Tambuco, el magistral Ensamble de Percusiones de México, fundado en 1993 e integrado actualmente por Alfredo Bringas, Miguel González, Raúl Tudón y Ricardo Gallardo. Lo pensé hace más de una década, cuando los descubrí en un concierto en el Auditorio Blas Galindo del Centro Nacional de las Artes, y lo comprobé la noche del viernes, en la magnífica presentación que hicieron en el Teatro del Bicentenario, en León, Guanajuato.

El programa fue de un eclecticismo extraordinario. Deesde Bach hasta Héctor Infanzón, pasando por el minimalismo norteamericano y la música tradicional peruana, entre otros.

La presentación arrancó con Bach, de quien ofrecieron una versión con cuatro marimbas para “Contrapunctus I” de El Arte de la Fuga, una colección de partituras escritas por el músico barroco sin precisar el instrumento que habría de encargarse de la ejecución. El resultado: una belleza difícil de describir. Como difícil resultaría, por supuesto, narrar el resto. Con marimbas también interpretaron dos piezas espectaculares: Nagoya Marimbas, del minimalista Steve Reich, y el movimiento “Brotes” de la serie Orgánika compuesta por María Granillo.

La originalidad de dos piezas, me parece, despertó reacciones muy poderosas en la audiencia. Al final de la primera parte del recital, Estructura Rítmica del Viento I, de Raúl Tudón, miembro del grupo desde su fundación; la composición, interpretada con toda clase de objetos sobre una mesa, invitaba a los presentes a viajar por un mundo onírico cuyos sonidos, provenientes de un sinfín de fuentes, integraban un todo único e irresistiblemente poderoso. En la segunda parte, Hematofonía (o “La Sinfonía de los Moretones”), obra compuesta por Héctor Infanzón para ser interpretada por los integrantes Tambuco produciendo todos los sonidos usando sus propios cuerpos como instrumentos.

Además de las dos horas de música, la presentación de Tambuco estuvo acompañada de valiosas intervenciones de su director artístico, Ricardo Gallardo, quien aportaba elementos para que el público conociera un poco más sobre la música que se interpretaba. En sus comentarios, Gallardo insistía también en algo que me parece digno de subrayar: el Teatro del Bicentenario es un recinto que merece la mayor de las difusiones, una programación rica y variada pero, sobre todo, que los leoneses —y los visitantes de la ciudad, por supuesto— lo llenen. “Este teatro hace más fácil nuestro trabajo, suena solito”, insistía el percusionista. “Exijan programación y llénenlo”, exhortaba. Y lo hacía con mucha razón. Lograr una amplia programación y llenar el teatro es la mejor manera de taparme la boca y demostrar que León es digno del magnífico recinto.

Por lo pronto, Ramón Vargas encabezando el elenco de El Elixir de Amor, de Donizetti, es la propuesta para la primera mitad de agosto. Ahí nos vemos.

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