A veces me cuestiono si no exageran quienes afirman que el Teatro del Bicentenario en León se ha convertido en el epicentro de la ópera en México. El afecto que tengo por el recinto y la historia que como espectador del mismo he vivido a lo largo de sus casi 6 años de vida me hace difícil ser objetivo. Lo cierto es que funciones como la que ayer cerró la temporada de Lucía de Lammermoor en León me hacen pensar que la apreciación es justa. (También es justo aclarar que el único referente que tengo para contrastar con las aportaciones guanajuatenses, es la exigua producción de la Ópera de Bellas Artes; desconozco el nivel de producción que pueda existir en otras entidades de la República, pero tengo algunas pistas para pensar que ninguna se acerca a lo que ha conseguido el Bicentenario que encabeza Alonso Escalante en León.)

Desde que se anunció que la célebre Lucía de Donizetti sería parte de la temporada 2016, mis uñas empezaron a pagar el precio de los nervios, mismos que centré en una plegaria: “¡Por favor, que no se les ocurra poner a una de las habituales sopranos mexicanas que con tanta condescendencia celebra el público leonés!” El buen oficio de Escalante consiguió, para fortuna de todos, convocar a María José Moreno, soprano española que ha trabajado ya en varias ocasiones al personaje, siendo la más reciente en el Liceu de Barcelona. Desgraciadamente mi concentración en el rol que da título a la obra hizo que descuidara en mis oraciones a Edgardo, su desdichado enamorado. La invitación recayó sobre Ramón Vargas. Desde que se anunciaron los detalles de la producción, los boletines insistían en destacar a Vargas como “el Edgardo por excelencia” de las últimas décadas “en el mundo entero” y nos recordaban que este personaje “lo llevó a debutar en el Metropolitan Opera House, sustituyendo a Luciano Pavarotti”. Sin embargo, se les olvidaba precisar que aquello fue en 1992 y que para desgracia de su público el Vargas de hoy ya no es el del siglo XX o los albores del XXI.

Así que las uñas siguieron siendo víctima de mis nervios, mismos que se incrementaron tras asistir a la charla con el elenco que habitualmente organiza el equipo del Bicentenario unos días antes del estreno. En los ratos que el ego de Vargas permitió expresarse al resto de los presentes, supimos por boca de Enrique Singer, director de escena, que la propuesta iría por la presentación de “cuadros” o “pinturas”, inspiradas en Rubens y los artistas flamencos del barroco. Las expectativas que siempre debe uno tener controladas para evitar frustraciones, empezaban a elevarse más de lo conveniente. Así, como tenía boletos para la tercera (y última) función, decidí evitar leer reseñas e incluso evadir las fotos de las funciones iniciales.

¿El resultado? Sin duda satisfactorio. Singer ofreció una propuesta escénica arriesgada y a mi juicio salió triunfante. Como siempre que se corren riesgos, se comete uno que otro tropiezo, pero ello siempre será preferible a que todos se venga abajo por exceso de precaución. (Claro, también existen los riesgos temerarios o ingenuos que nunca conducen a buen puerto, como tantos que hemos visto en años recientes en la Ópera de Bellas Artes.)

A pesar de que en Lucía de Lammermoor las acciones son eminentemente narradas a posteriori por los personajes, el eficaz libreto de Salvatore Cammarano y la buena lectura de Singer consiguieron ofrecernos una auténtico thriller en tres actos (tanto, que una señora a mi lado no dejaba de expresar suspiros de angustia y sorpresa con cada revelación de los personajes). La apuesta por la construcción de pinturas vivientes quizá resultó excesiva para algunos, pero creo que nunca fue un obstáculo para el disfrute de la historia. Solo la escena final, en el cementerio, me pareció carente de fuerza o emotividad, pero no sé si fue porque el recurso escénico hubiese aflojado o por la falta de conexión con un Edgardo (sí, el adorado Vargas del público) muy plano e incluso acartonado para mi gusto. La sencillez del escenario (llevado acertadamente a tres niveles para dar mayor equilibrio a la composición de los “cuadros”) se complementa con una cuidada iluminación que transforma el ambiente para contrastar entre un frío azul y un cálido entorno dorado y remata con un muy bien logrado vestuario que evoca el mundo de las ya citadas pinturas flamencas. ¡Ya hubieran querido esas ropas Los Puritanos del “Teatro Fantástico” (la referencia a Cachirulo es sarcasmo, por supuesto) que vimos hace apenas unos meses en el Palacio de Bellas Artes con Javier Camarena!

Líneas aparte merece el temido momento de la escena de la locura, temido siempre para mí cuando uno va a verlo en vivo, no en un registro grabado previamente, por miedo a que la soprano acabe echando todo por la borda o que el director no salga con una ocurrencia que haga pensar que el delirio de Lucía le ha contagiado. Los riesgos siempre conducen a reacciones encontradas: lo que unos ven como acierto para otros puede ser un total desastre y viceversa (tómese como ejemplo la controvertida propuesta de la producción más reciente de la Royal Opera House en Londres  o la desconcertante propuesta de Barbnara Wysocka para la Bayerische Staatsoper en Munich -curiosamente ambas protagonizadas en su momento por la extraordinaria Diana Damrau-).

En la apuesta de Enrique Singer, me sorprendió en primer lugar la decisión de dejar a Lucia sola en el escenario: para cuando ella entra a escena, no vemos ya a los escoceses que minutos antes celebraban su boda y que habitualmente atestiguan su delirio. (En sentido estricto, es verdad, no está completamente sola: tres espectrales sombras la acompañan, quizá un poco de más.) Aunque visualmente el juego de la tela roja que envuelve no solo a la protagonista sino todo el escenario, el reto de la cantante para transmitirnos que ha perdido la razón se complica, pues no tenemos ningún cuerdo a su alrededor para contrastar sus acciones. El delirio se hace abstracto y alguno podría pensar que más que locura estamos ante un sueño o una alucinación temporal. Otra sorpresa, si tomamos como referencia las soluciones habituales a este mítico momento, es que el vestido de Lucía permanece blanco, inmaculado; cierto que suficiente rojo aporta la tela que la rodea, pero la pista de que en medio de su locura Lucia ha dado muerte a Arturo se disuelve (si esa era la intención, creo que se consigue). Si bien la escena me convenció y la disfruté, no puedo evitar una objeción: la aparición del espectro que acompaña a Lucía desde el inicio pone la piel de gallina, pero el fantasma se entusiasma tanto que a mi juicio se excede y distrae al espectador injustamente: acaso faltó que girara la cabeza o vomitara plasma verde como Linda Blair en El Exorcista.

La interpretación de María José Moreno se llevó una merecida ovación: no habíamos tenido oportunidad de tener a una soprano de semejante envergadura en los cinco años de producciones del Teatro del Bicentenario. José Adán Pérez en su debut como Enrico dio una muy buena función, acompañado de un elenco que aunque se esforzó mucho y bien, quedaba naturalmente opacado por el dominio de Moreno. El Coro me sigue emocionando con su entrega y compromiso; la orquesta,  nuevamente con Sbra Dinic en la batuta, cumplió bien con la brillante partitura de Donizetti. De Vargas no me atrevo a opinar más; a mí simplemente no termina de convencerme desde hace unos (no muchos) años.

Concluyó el paso de la arriesgada Lucía por nuestro querido Teatro del Bicentenario. Una noche emocionante en la que, a pesar de que mis comentarios hagan pensar a alguno lo contrario, disfruté gozosamente de una función de ópera de primer nivel. Siempre con ganas de más, es verdad, pero qué va a hacer uno con su naturaleza insaciable. Los involucrados arriesgaron y estoy convencido de que todos salimos ganando.

Lucía de Lammermoor es la única nueva producción del Teatro para este año. Hace unos meses tuvimos la reposición de La Cenicienta de Rossini y dentro de poco nos anunciarán las fechas en que podremos revivir a Butterfly, con la producción presentada por Juliana Faesler hace 3 años. Del elenco no tengo idea; apenas pasó Lucía y ya mis uñas empiezan a pagar nuevamente el precio de la emoción mezclada con los nervios.

 

Posdata. Como en otras ocasiones, lo único que realmente me molestó de la función de anoche fueron algunos espectadores. Nuevamente parece que alguien lleva canicas y no puede controlarlas en algún momento clave de la función; otra vez aparecen sobadores de papel celofán en cualquier rincón de la sala; los murmullos fuera de lugar, las alarmas de celulares… Tengo fe en que existe un círculo del infierno especial para ellos.

1_BANNER1_lucia-600x250

Anuncios