img_8128
No tengo muy claros los motivos, pero conservo claro el recuerdo de mi padre llegando a casa con los dos inmensos volúmenes de aquel diccionario. Quizá la nitidez del recuerdo se debe (al menos en parte) a que aquello sucedió en lo que hoy sería la mitad de mi vida, es decir hace unos veinte años. Varias cosas me llamaron la atención de esa adquisición. Por un lado, el orgullo y satisfacción de mi padre tras su compra. ¿Qué tanto aportaba un nuevo diccionario a la casa? Entendía el entusiasmo, años atrás, derivado de la compra de aquella inmensa enciclopedia cuyos tomos se mantuvieron por años resguardados en sus cajas para ayudar a preservar sus páginas en las mejores condiciones posibles pero, ¿un diccionario? La explicación estaba ligada al segundo motivo de mi asombro: el diccionario tenía un autor. Para ser más precisos: autora.

Era, por supuesto, el Diccionario de Uso del Español de María Moliner. Por los años en que sucedió aquello, probablemente se trataba de la nueva versión, recién editada por GREDOS contra las críticas de muchos y el malestar de los descendientes de Moliner. (Se comprende el malestar cuando el diccionario original había sido obra por completo de aquella imbatible mujer pero, al fin y al cabo, como ella misma sabía y arrimaba, un diccionario nunca está terminado del todo.) Poco sabía yo entonces de Moliner y su heroica hazaña. Pese a mi curiosidad, pudo más la agenda de mi juventud y el tema fue quedando relegado en los registros de mi mente. Cuando, años más tarde, las necesidades laborales y mi salida del hogar paterno/materno me obligaron a comprar mis propios diccionarios, el presupuesto no me dio para el llamado “diccionario de los escritores” así que me conformé con el de la RAE, el de dudas y dificultades de Manuel Seco y un pequeño volumen de sinónimos y antónimos. La monumental obra de Moliner se mantuvo en casa de mis padres, curiosamente no en la gran biblioteca del estudio, sino religiosamente en el pequeño mueble dedicado a los libros especiales, en la recámara principal.

Si lo que pretendo es la reseña de mi más reciente experiencia teatral, creo que he llevado la anécdota demasiado lejos. La digresión quizá sirva para ilustrar un primer hecho: los diccionarios, por aburridos que parezcan, pueden dar pie a contar historias, incluso pueden inspirar una genial obra de teatro como resulta El Diccionario, obra escrita por Manuel Calzada como homenaje a María Moliner.

Confieso que al inicio la idea no me enganchó del todo. Tanto que dejé pasar hasta las fechas para comprar mis boletos con descuento y terminé comprando las entradas un par de horas antes de la función, minutos antes de que se agotaran. Ni la firma de Enrique Singer como director del montaje ni el nombre de Luisa Huertas encabezando el cartel terminaban de animarme. ¿Una obra sobre un diccionario? Es claro que mi imperdonable ignorancia sobre la biografía de Moliner y su diccionario estuvieron a punto de hacerme cometer el grave error de dejar pasar una oportunidad extraordinaria.

img_8129

Y es que pocas veces tiene uno la oportunidad de ver una obra de teatro tan redonda, en la que todo está en su sitio. La historia por sí misma da para mucho, pero Calzada logra contarla de una forma magistral, invitando al espectador a navegar la mente anciana, y en proceso de descomposición, de una mujer brillante que de puño y letra escribió un diccionario “orgánico” (adjetivo que ella deseaba usar en el título pero que fue necesario recortar por aquello de no alargar demasiado) de uso de la lengua española. Los motivos y razonamientos que acompañaron a la Moliner en esta hazaña se narran de forma potente, inspiradora, sin duda gracias también al inobjetable talento de Luisa Huertas, miembro de la Compañía Nacional de Teatro.

Manuel Calzada usa como pretexto para construir su narración la aparición de los primeros síntomas de arterioesclerosis cerebral en María. Los diálogos con su médico y con Fernando, su marido, se irán articulando con discursos y pensamientos de Moliner en voz alta, en un ir y venir a través de tiempo que permiten reconstruir parte de su biografía e imaginar el impacto que tuvo en su vida la portentosa hazaña que se había propuesto y que, estimaba, culminaría en un par de años. Aparecerán en ese recorrido episodios que ilustran las contrariedades familiares, la represión franquista, la rivalidad con la Real Academia… y, por supuesto, por encima de todo, el compromiso absoluto con una convicción clara y firme como pocas.

Todo en su sitio, decía. Texto, dirección, desempeño actoral, escenografía, iluminación… Todo se conjuga y el espectador se maravilla al descubrir que un diccionario sirve no solo para encontrar el significado de una palabra, sino también para explorar el sentido de la vida misma.

***

En 1981, a unos días de la muerte de María Moliner, Gabriel García Márquez publicó en las páginas de El País un texto que ayuda a conocer al personaje. El título es sencillo pero podría ser título de un cuento del embajador del realismo mágico: La mujer que escribió un diccionario.

***

N.B. Hablando de obras “redondas”, en el mismo Teatro Estudio del Teatro del Bicentenario, tuvimos la dicha de gozar, reír y llorar hace un mes con Lo que queda de nosotros, de Sara Pinet y Alejandro Ricaño, otra obra a la que nada la faltó ni le sobró. Perfecta, así de simple. La distancia en el tiempo me hace difícil reseñarla a estas alturas, pero ha venido ahora a mi mente y no he querido dejar de mencionarlo y dejar registro de ello en este respaldo de mis memorias.

Anuncios